Colonia 38 (relato) segunda parte posteada

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Robert O´Hill
Ewok
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Colonia 38 (relato) segunda parte posteada

Mensaje por Robert O´Hill » Mié, 20 Sep 2017, 19:02

Hace un wevo que no escribo, pero guardo con mucho cariño los relatos que antaño brotaban de mi cabeza.
Entre ellos está este. Tiene influencia asimovianas pero es más movidito que los del venerable escritor que me hizo disfrutar tantas horas con sus novelas.
Ahí os dejo la primera parte (hay Más) , para que me la comentéis en positivo o en negativo, y quizás me anime a terminarla.





COLONIA 38:

-¡Pedro!, la reina se ha vuelto a parar.

-Vaya trasto, ya van cinco veces en tres horas. A este paso no vamos a acabar nunca. Vamos a tener que pedir que nos traigan otra, y eso supondría otro mes más metidos aquí.

Pedro se levantó de la silla. No era un hombre alto, ni excesivamente corpulento, pero se movía de una manera que denotaba autoridad. Tampoco era rubio, ni de ojos claros, más bien era “tipo estándar” como solía decir él. Le gustaba estar en forma. Aunque ya estaba más cerca de los cuarenta que de los treinta, muchos hombres más jóvenes que él, no podían seguirle el ritmo en el gimnasio. Eso le hacía sentir bien, y se le notaba en la sonrisa que exhibía al ir hacia las duchas, tras una sesión particularmente dura con la cinta de correr.

Pedro, se sentó refunfuñando en los controles, se puso las gafas de tele presencia y pulsó una tecla.
Al instante se sintió como si estuviera en otro lugar. Veía una gran pared de roca entre nubes de polvo, iluminada por potentes haces de luz blanco azulada. Debajo, se oía a las obreras recoger escombros a su alrededor.
Miró hacia arriba y pudo ver, muy cercano, el techo abovedado de roca sobre él. Presentaba un aspecto liso y uniforme. Al menos la reina dejaba el túnel con un acabado correcto. Alzó la mano para tocarlo, pero no ocurrió nada.

-Cheng, ¡maldita sea!, no has activado los brazos de tele presencia.

Cheng, al contrario que Pedro, era pequeño. No levantaba mas de 1.60 del suelo. Su cara tenía rasgos orientales y caucásicos a partes iguales. Ojos rasgados, pelo castaño claro, pómulos salientes, sonrisa amplia. Su torso parecía salido de una mesa de dibujo de cómic de superhéroes, pero luego sus piernas parecían dos palillos incapaces de soportar el peso de todo el cuerpo. No parecía muy apto para los trabajos físicos. Era el tipo de hombre que te esperas ver tras una mesa de escritorio, tecleando en el ordenador.

-Están activados. Eres tú el que no se ha puesto los guantes. Espera, espera, los apagaré mientras te los pones, si no, empezarías a dar golpes hacia todos lados y podrías romper algo... ya está, póntelos.

Pedro se puso unos guantes negros en los que la luz azul de los cables de fibra óptica recorrían toda su longitud, del codo a la punta de los dedos.

En cuanto Cheng, se los vio puestos volvió a activar el enlace.
Ahora sí, ahora Pedro podía ver como unos brazos robotizados, seguían exactamente los movimientos de los suyos propios.
Alzó de nuevo la mano, y un robusto brazo metálico acabado en una garra de tres dedos se levantó hacia el techo. Los tres dedos acariciaron la superficie lisa de la bóveda. Pedro lo sentía como si fuera su propia mano. El tacto era suave, ligerísimamente rugoso... y la superficie estaba fría.

A pesar de su intensa formación como ingeniero, y de saber perfectamente cómo se obraba el milagro; guantes y brazos, cámaras y gafas, micros y auriculares... seguía asombrándole el que toda aquella tecnología, le hiciera sentir de aquel modo, como si él mismo estuviera allí, viendo cada detalle, sintiendo todo el entorno, viviendo la situación... sin embargo la reina estaba a cincuenta kilómetros de allí, metida en un túnel de seis kilómetros que descendía hasta los mil metros de profundidad, y por alguna razón había dejado de excavar después de haberse detenido ya cinco veces.

-¿Es lo mismo de antes, Pedro?

Pedro volvió en sí.

-Un segundo.

La pequeña semiesfera en la que estaban todos los elementos de tele presencia giró ciento ochenta grados y se encontró con la espalda de la reina, que se extendía ante ella a lo largo de ocho metros. Dos carriles que la recorrían, permitían recorrer toda la espalda, para manipular, reparar, observar...

Pedro avanzó unos dos metros y se giró a la izquierda. Abrió un panel y manipuló unos contactos con aquellas extrañas manos de tres dedos, que quintuplicaban la fuerza de las suyas.
Ante sus ojos surgieron en rojo, flotando en el aire, unas palabras que ya conocía:

“PARADA CRITICA. PROTOCOLO SEGURIDAD MAQUINARIA.”

-Exacto, lo mismo de antes. No aparece la razón de la detención ni dice qué es lo que falla, ni nada... ¡¡maldito cacharro!!.

Cuando Pedro se enfurecía, solía acompañar sus juramentos e insultos, con un golpe de mano sobre su mesa o su pierna. Sin embargo, en esta ocasión no había pierna, ni mesa... había una reina. Un robot inteligente autónomo, de un coste superior al sueldo de toda la vida de un ingeniero, como él.

A cincuenta kilómetros de aquella sala, el golpe sobre la mesa, fue calcado al milímetro, por uno de los brazos de tres metros de largo y quinientos kilos que salía de la semiesfera.
El resultado: varios paneles y piezas de la reina, saltaron por los aires, una de ellas era el módulo con la antena del enlace de tele presencia y comunicaciones.

Pedro se quedó blanco, al darse cuenta de que súbitamente se encontraba de nuevo en la sala. Tragó saliva. No había enlace y la mano todavía le cosquilleaba por el golpe sobre la mesa... con los guantes puestos.

-¡Dios!,Pedro, ¿qué has hecho?. Tengo todas las pantallas en blanco, la he perdido, no recibo nada.

Pedro se quitó las gafas. Tenía la mirada perdida y el color, no le había vuelto a la cara. Se levantó lentamente, miró a Cheng y le habló con voz ronca.

-Cheng, prepara el rover. Yo voy al almacén a por un módulo de enlaces y algunos repuestos. Nos veremos en la esclusa. Cogeré también dos trajes para exterior.

-¿¡Que!?. ¡Ni lo sueñes!, yo no salgo afuera. Estamos en un planeta con atmósfera de metano y nitrógeno, y una gravedad casi el doble de la de la Tierra. ¡Por Dios!, aquí las plantas son moradas y el cielo es verde. Yo no puedo soportar eso. Además el de los cabreos y los golpecitos eres tú. Has sido tú el que se ha cargado la reina, así que yo me quedo en el rover y tu reparas este desastre. Y sólo espero, que no tengamos que pagar con nuestros sueldos el destrozo que has preparado, porque yo te juro que...

-¡Basta!. De acuerdo, de acuerdo. Tú me ayudarás con el brazo cargador del rover, y yo lo arreglo. Diremos en el informe que un cortocircuito disparó el brazo, y que por eso tenía fallos continuos.

-Para eso tendríamos que encontrar la avería real.

-Sí, claro. Eh... lo haremos allí mismo. La pondremos de nuevo en marcha y observaremos como trabaja, a ver si descubrimos el problema.

-Pero bueno, ¿es que el golpe te lo has dado en la cabeza?. Ese bicho lanza por los aires escombros de mil kilos. El rover no aguantaría un impacto así. No podemos verla in situ. Nos mataría, es de locos.

-Pues usaremos a una obrera de escudo. Ellas sí aguantan, son más grandes y más duras que el rover. Ellas parten los escombros y se los llevan por toneladas. Y deja ya de poner trabas, ponte en marcha, que llevamos aquí seis días sin contar con la semana de viaje desde la estación. No sé tú, pero yo estoy harto. Me quiero ir a casa.

El rover se deslizaba con sus enormes ruedas por los caminos abiertos por las obreras. Pedro lo conducía. La ansiedad se hacía patente en su rostro.

Cheng, contemplaba el extraño paisaje, a través de las ventanillas.
Le daba la impresión de estar contemplando un cuadro pintado por un daltónico. Todos los colores estaban cambiados. La vegetación variaba del morado oscuro al azul verdoso.
Sabía que el rover era rojo, porque lo había visto en el garaje bajo la luz artificial, pero las partes que podía ver de él ahora, a través de la ventanilla, aparecían en un extraño tono anaranjado, y el color de la tierra y las rocas también tenían un color parduzco verdoso. Todo tenía una apariencia irreal, bajo aquella luz.

Miró hacia arriba, esperando ver un cielo completamente verde, pero le sorprendió comprobar que era de un tono gris. Verdoso, sí, pero gris. Sería por las nubes, que sí eran blancas, como en la Tierra.

Entonces, Cheng, se dio cuenta de que, aunque la luz de la estrella que llegaba a ellos fuera como la luz de nuestro Sol, los diferentes gases que conformaban la atmósfera, filtraban la luz, dejando pasar una u otra parte del espectro luminoso, estableciendo así la diferencia, en el color del cielo de cada planeta.

En el caso del planeta en el que ahora se encontraban, los tonos del espectro que correspondían al rojo, violeta y azul, eran absorbidos, dejando pasar los verdes y en menor medida, los amarillos, que eran los que llegaban sin impedimento hasta la superficie.

Cuando faltaban algo más de diez kilómetros, empezaron a ver a las obreras. Parecían cangrejos gigantes, de esos que sólo tienen una pinza, pero enorme en comparación con el resto de sus extremidades, aunque en este caso la pinza era un robustísimo brazo robot con el que cogían, partían y manipulaban la carga.
En lugar de patas, llevaban en cada lado tres enormes ruedas, casi tan altas como el propio rover. En la parte superior, en vez de caparazón, tenían un gran container, donde transportaban la carga.
Solían desplazarse muy rápidas por las vías que abrían, sin embargo, Cheng vio que ahora iban casi a cámara lenta.

-Van muy despacio. Calculo que no llegan a los treinta kilómetros por hora.

-Es por la reina. Debe haberse quedado en modo de baja energía, por la avería. Es como si durmiera, y como las obreras dependen de la reina, también van adormiladas.

Cheng miró extrañado a su compañero.

-¿No habías visto antes este modelo de robots colmena?.
Se basa en los mismos principios y jerarquía que las hormigas y abejas terrestres. El único robot, realmente inteligente, es la reina. Ella dirige la excavación, realizando bóvedas, túneles, y diversos trabajos según las instrucciones que le damos. Las obreras, a su vez, son programadas y dirigidas por la reina. De este modo, las obreras no necesitan cerebro de iridio, porque todos los cálculos y todos los problemas los resuelve la reina. El resultado es, que salen muchísimo más económicas de fabricar, y más fáciles de mantener y reparar.
Nosotros sólo tenemos que preocuparnos, de que ella funcione correctamente, y ella se encarga de dirigir y organizar a sus obreras, que serán, en este caso, unas doscientas obreras activas y cien larvas.

-¿Larvas?, ja, ja , ¿Acaso se reproducen?

-No, hombre. Se llama así, a los módulos de obrera.
Verás, hay varios tipos de obrera. Las que ves aquí, son de movimiento de tierras, pero hay mecánicas que reparan a otras obreras, las hay que trabajan en la fundición cortando y soldando metales, están las obreras constructoras... y todas han sido construidas partiendo de unos módulos básicos, en los que están el generador, las comunicaciones, el pequeño cerebro de silicio de seis terabits... a estos módulos, se les añaden los elementos que se necesite con su propio brazo para realizar su trabajo, ruedas, patas, brazos y todo tipo de herramientas que sean necesarias, para realizar el trabajo asignado por la reina.
Si una obrera resulta irremediablemente averiada, la reina da la orden, una larva es activada y se le añade todo lo necesario, convirtiéndose en una nueva obrera. De este modo no baja el ritmo de trabajo.

-Pues ahora ha bajado, porque van muy lentas.

-Pero no pararán hasta que cumplan la última instrucción de la reina. Después quedarán en espera.
Mira, ahí está la boca del túnel.


fin de la primera parte.
Última edición por Robert O´Hill el Mié, 27 Sep 2017, 19:20, editado 1 vez en total.
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Re: Colonia 38 (relato)

Mensaje por Avicarlos » Jue, 21 Sep 2017, 09:45

Venga, veamos cómo se las apañan para reparar a la reina y dar un parte que convenza a las autoridades de que ellos obraron con inteligencia y no con arrebatos. jajaja Espero este final.

Saludos de Avicarlos.

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Robert O´Hill
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Re: Colonia 38 (relato)

Mensaje por Robert O´Hill » Mié, 27 Sep 2017, 18:30

Parece que ya han pasado la escoba y han barrido al pedazo de k@#$%&n que nos había infectado el foro.
Mal rayo le parta.

Ahí va la segunda parte de la entrega.
Por desgracia acaba aquí, porque tengo escritas ideas y bocetos, pero no he seguido escribiendo.


Estaban entrando en un túnel de unos veinte metros de diámetro, del que, despacio, salían por la izquierda varias obreras. A la derecha, fuera del camino aguardaban ordenadamente, al menos otras diez, esperando las instrucciones de la reina.

-¿Que es lo que están construyendo?

-No te leíste el dossier de situación que nos dieron antes de venir aquí, ¿verdad?. Es un complejo subterráneo que dará energía a unos convertidores que harán la atmósfera respirable para los humanos. Van a terraformar el planeta.

-Pues yo no viviría en un planeta de cielo verde y plantas moradas.

-Cheng. ¿En cuantos planetas has estado, antes de venir a trabajar aquí?

-¡Euh!... bueno, yo he solicitado este puesto, precisamente, porque me da la oportunidad de viajar a otros mundos. Además, una vez haya completado dos años aquí, tendré más puntos para las oposiciones a ingeniero jefe de robótica, en la estación Juno II. Es un sueño que tengo desde pequeño, la vi en una película que...

-¡Cheng! ¿Cuantos?

-Bueno, he estado un mes, en la base lunar John García, haciendo la tesis de fin de carrera.

-Osea, en ninguno.- Cheng bajó la cabeza algo avergonzado- Bueno, pues aquí vas a aprender mucho sobre planetología.
La mayoría de los robots que tendremos que reparar o iniciar, son colonias de terraformadores. Hacen ciudades, convertidores de aire, ascensores espaciales, reguladores de clima... todo para que los planetas que reúnan las condiciones adecuadas, puedan ser colonizados en pocos años, y si nosotros reparamos los robots que terraforman... lógicamente, nos tocará visitar planetas vírgenes no terraformados, que te resultarán extraños.
Por ejemplo éste, Káiralos. Su cielo es verde, porque la atmósfera es de metano y nitrógeno, las plantas son moradas, también por el metano y por la luz verdosa que llega hasta sus hojas, y su gravedad es mayor, porque es 1´3 veces más grande que nuestra querida Tierra, y no el doble, como decías antes.

-¿Todo eso venía en el dossier?

-Los datos sí, pero la explicación del cielo y las plantas, la sé por experiencia. Se acaba aprendiendo un poco de todo, en este trabajo. Mira, ya estamos aquí. Las luces no se han apagado, eso es buena señal.

Las obreras eran más grandes que el rover, pero Cheng no se esperaba el tamaño de la reina. Era una mole tremenda montada sobre dos orugas. Sólo una de las tres ruedas pequeñas, era casi tan alta como el rover. Pedro paró el vehículo junto a ella y se fue a la parte de atrás, a ponerse el traje de exterior y Cheng se sentó a los mandos del pequeño brazo del que disponía el rover para carga y descarga.

Cuando Pedro salió afuera, vio la antena destrozada en la pared de enfrente. También había grandes trozos de metal esparcidos, pero no tenían partes electrónicas, por lo que no debían ser tan importantes. Maldiciendo su mal pronto, se acercó a la reina y palpando en un lateral encontró una trampilla que ocultaba un botón. Lo pulsó y se abrió una pequeña puerta por la que podía entrar un hombre. Antes de entrar, le dio instrucciones a Cheng.

-Abre el compartimiento de carga del rover y, con el brazo, sacas la antena y el módulo de enlace y los dejas aquí. Luego te acercas allí al fondo, y recoges la antena rota. Yo voy a usar los brazos de la reina desde dentro, para subirlo y montarlo todo. Espérame en el rover, hasta que acabe.

Después, se introdujo en el interior del robot, y la puerta se cerró tras él.




Hacía mucho rato que Cheng había recogido la antena.
Ahora estaba contemplando como los brazos, movidos desde dentro por Pedro, estaban acabando el trabajo, cuando de repente apareció una obrera dirigiéndose a toda velocidad, directa hacia el rover. Cheng estaba recostado en el sillón del piloto, con los pies subidos en los del copiloto, y sólo le dio tiempo de pulsar el botón del intercomunicador mientras gritaba. La obrera se paró de golpe a escasos centímetros del parabrisas del rover, levantando una nube de polvo que envolvió por entero al vehículo.
Por el intercomunicador se oía la risa de Pedro.

-Ja, ja, ja, ja, tranquilo, hombre. ¿No sabes que llevan sensores anticolisión que las detiene?, ¿no os lo enseñan en la facultad?.
Pues vaya un ayudante técnico, ja, ja, ja.

-Sí, pero no me lo esperaba, ¡demonios!. Estaba... estaba distraído.

-Sí, ya, distraído. Se podían oír tus ronquidos desde aquí dentro, ja, ja, ja. Bueno, je, je, esto ya está. Voy a salir. Acércame el rover para que entre, y lo ponemos todo en marcha desde ahí.

Cheng activó el motor del rover, y se movió hacia la reina, pero la obrera se volvió y se puso delante, impidiendo el paso. Extrañado, Cheng volvió a maniobrar, para acercarse a por su compañero, pero de nuevo, la obrera, con un veloz movimiento, le cortó el camino. Dos intentos más, tuvieron el mismo resultado. Con cierta preocupación, llamó a Pedro explicándole el extraño comportamiento del robot.

-¡Vaya!, la he programado para protegernos de la actividad de la reina, pero se está excediendo. En fin. Me toca ir a pie.

Pedro, salió por la puerta lateral de la reina, y se dirigió hacia el rover. A sus espaldas, el enorme robot, comenzaba a despertar, con movimientos muy lentos, aumentando poco a poco la potencia de sus luces. Cheng, contemplaba fascinado el despertar de la mole, y no se percató de que la obrera que protegía al rover, salió disparada hacia su compañero.
El pobre Pedro, al ver a la obrera acercársele a esa velocidad, no pudo ahogar un grito, mientras se tiraba al suelo. Cuando su compañero oyó el grito por el intercomunicador, la obrera ya estaba fuera de su alcance. Aun así, arrancó el rover, y salió a toda velocidad tras el robot.

Justo, al empezar Cheng a coger velocidad, la obrera hizo un giro de 180º tan brusco, que quedó por un momento en precario equilibrio sobre las tres ruedas de un lado, y en cuanto volvió a caer, salió a toda velocidad hacia el rover, levantando rocas y polvo.

Las rocas volaron por encima de Pedro, que estaba arrodillado en el suelo, hecho un ovillo, esperando ser aplastado por el enorme robot. Milagrosamente, no le cayó ninguna encima y para cuando levantó la cabeza, la obrera corría de nuevo en dirección al rover.

Cheng tuvo el tiempo justo de frenar, cuando vio que, de nuevo, la obrera se dirigía hacia él. Otra vez, el robot se paró a pocos centímetros del rover, interponiéndose entre el vehículo y la reina, y poniendo a prueba los nervios del pobre Cheng.

-Maldita sea. ¿Que le pasa a este trasto?, ¿Que le has hecho, Pedro?, Nos va a matar.

-Tranquilo, Cheng. Creo que empiezo a comprender. No pares de moverte, eso mantendrá su atención sobre tí.

-Pero si no se me separa. Es como un chicle en la suela del zapato.

-Exacto, la he liberado de su conexión con la reina y le he dado la orden de protegernos de sus actividades.
El problema es, que ahora, nosotros somos dos, y ella sólo una, y como no es muy inteligente, no es capaz de establecer prioridades. No, sabe a cual de los dos proteger, y está intentando cubrir a los dos a la vez.
Otro problema es, que debe tener algunos sensores averiados, porque sólo me detecta cuando me muevo. Es posible que al liberarla de la reina, se hayan desconectado por error, junto con el enlace entre ellas.
El resultado es el que estas viendo: si me muevo, corre hacia mí porque tú estás parado, y si te mueves tú, que te detecta mejor por ser más grande, corre hacia ti. Una locura.

-Bueno, ¿y qué hacemos ahora?, No puedes quedarte ahí fuera.

-Mantén en movimiento el rover como puedas, y yo me acercaré despacio. Me quedaré inmóvil cada vez que me detecte, y sólo me moveré mientras te preste atención a ti. Así hasta que pueda subir al rover.

Así lo hicieron: Cheng movía el rover unos pocos metros adelante y después hacia atrás. Mientras tanto, Pedro, poco a poco, iba acercándose hacia ellos. Sólo un par de veces, se giró la obrera e hizo intento de correr hacia Pedro, pero éste se quedaba completamente inmóvil, Cheng hacía entonces, maniobras más bruscas, con lo que, de nuevo acaparaba la atención del robot.

Finalmente, el pobre Pedro, pudo subir al rover, donde ya se sentía a salvo. Pero ahora descubrieron que había otro problema por resolver... con la obrera delante de ellos, entre la reina y el rover, no podían ver el motivo por el que ésta se detenía una y otra vez, al realizar su trabajo.

Pedro se golpeaba de nuevo la pierna, mientras a través de la ventana del rover, le dedicaba a la obrera los más variados improperios.

Cheng, en cambio, ignoraba la escena, pensativo. Cuando vio que el estallido de ira de su compañero había cesado casi por completo, se acercó a él.

-Pedro, ¿las obreras tienen puerta para acceder al interior como la reina?

_¿Puerta?, no. Cuando se averían, van al hangar de reparaciones y las mecánicas se encargan de todo.

-Entonces sólo se me ocurre una solución. Tenemos que ponerla boca abajo y dejarla en modo de espera. ¿Puedes ordenarle eso desde aquí, o necesitas volver a la reina para reprogramarla?.

-Bueno, sí... si usamos la radio del rover... le enchufamos el ordenador de programación... habrá que ajustarlo a la frecuencia de emisión de ellas...sí... ¿qué te propones?
-Ya lo verás. Venga, date prisa, que la reina está casi activada.

Entre los dos, tardaron sólo cinco minutos en montarlo todo, y en comenzar a darle instrucciones. Diez minutos y la obrera estaba boca abajo. Justo a tiempo, porque las luces de la reina subían ya de intensidad, y el tambor del taladro, en su brazo, comenzaba a girar lentamente.

Cheng se puso a los mandos del rover, mientras daba más instrucciones.

-Ahora, tienes que hacer que se levante un poco, con su propio brazo, por este lado. Lo justo, como para que yo pueda pasar el rover por debajo.

-¡Ah!, creo que ya entiendo lo que quieres hacer. Es una buena idea. Vamos allá.

La obrera, boca arriba, apoyó su brazo en el suelo y comenzó a levantarse. Cuando el hueco entre el suelo y el borde del cajón de carga, fue lo suficientemente amplio, Cheng hizo avanzar al rover hacia el interior. Una vez allí, la hicieron bajar lo justo para que no les tapara la vista de la reina, y así poder observarla a salvo, bajo la resistente mole de la obrera. El cajón de carga de la obrera boca abajo, era como un bunker.

Pedro dejó a su protectora en espera y se sentaron los dos frente a la ventana, a tiempo de ver cómo la reina se acercaba a la pared del fondo del túnel, con el taladro girando a toda velocidad, y los focos alumbrando a plena potencia.
Última edición por Robert O´Hill el Dom, 08 Oct 2017, 20:05, editado 2 veces en total.
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Re: Colonia 38 (relato) segunda parte posteada

Mensaje por Avicarlos » Jue, 28 Sep 2017, 21:06

Me temo que el troll que ha infectado los foros no tiene intención de desaparecer y no sé hasta que punto, offler dedicará esfuerzos para eliminarlo. Si eso es así, aquí podemos ya despedirnos.
Saludos de Avicarlos.

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Re: Colonia 38 (relato) segunda parte posteada

Mensaje por Robert O´Hill » Dom, 08 Oct 2017, 20:05

Parece que ya han pasado la escoba y han barrido al pedazo de k@#$%&n que nos había infectado el foro. :evil:
Mal rayo le parta.....

Bueno, ¿alguna opinion y/o sugerencia respecto del relato? :roll:
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Re: Colonia 38 (relato) segunda parte posteada

Mensaje por Avicarlos » Lun, 09 Oct 2017, 20:01

Pues se ponía interesante e intriga la forma en que unos robots están programados para terraformar Marte. Realmente si vas a dar continuidad al relato, preveo gran número de capítulos para ir dando a conocer desde la llegada de los colonos con sus robots empleados a su función, y la idea de cómo controlarlos y solventar problemas que invariablemente han de surgir ante las situaciones novedosas.

No digamos la imaginación que debes ponerle para dar verosimilitud a la tarea de convertir un planeta con atmósfera tenue, al que se precisa para un mínimo confort humano.

Si te lo tomas con calma, ahí tienes la oportunidad para seguir.

Saludos de Avicarlos.

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Re: Colonia 38 (relato) segunda parte posteada

Mensaje por Robert O´Hill » Mié, 11 Oct 2017, 15:37

Gracias ;)
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